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Trump y el trumpismo en la actual crisis mundial

Trump y el “trumpismo” en la actual crisis mundial

Desde la llegada sorprendente a la presidencia de Estados Unidos de un personaje grotesco como Trump, con un discurso reducido a “tuits” tan provocadores como zafios, siguen prodigándose todo tipo de análisis y explicaciones sobre un fenómeno que hace tiempo ha trascendido sus fronteras.

Al cabo de estos dos años de gobierno de Trump y de extensión del “trumpismo”, todavía hay quienes quieren limitarlo a un accidente o anomalía pasajera tanto en el ámbito interno de EEUU como en su proyección internacional. En nombre de la “racionalidad”, que se supone al sistema capitalista -y por encima de las gesticulaciones de quien consideran un mero perro ladrador-, confían en que finalmente se imponga el “sentido común” de quienes lo sostienen y la vuelta a las formas “democráticas” habituales de gestión política de los problemas, a los equilibrios multilaterales, sobre los que -se decía hasta hace poco- se mantenía el “orden (desorden) mundial”. Otros, por el contrario, encienden la alarma del “fascismo” a la puerta de todos los países y levantan el fantasma del contagio generalizado del “trumpismo”, para tratar de recomponer, frente a los “populismos” de izquierda y derecha, las viejas alianzas y complicidades que habían sostenido los decadentes y cada vez más descompuestos regímenes “democráticos” hasta la fecha.

Pero, ¿valen, a día de hoy, clichés del pasado y soluciones gastadas, ignorando las características del periodo abierto con una crisis económica, larga y profunda, trasmutada a su vez en política y social -e incluso civilizatoria-, en la que hemos estamos sumergidos?; ¿es posible congelar o “recomponer” lo que avanza aceleradamente a su descomposición?

 

1. Trump y lo que hay detrás

Desde un análisis puramente sociológico y empírico-electoral, algunos solo quisieron ver en el triunfo de Trump un hecho local y coyuntural, determinado por las condiciones particulares que confluyeron en las elecciones norteamericanas del 2016. De una parte, Trump, aupado por los reductos republicanos, cada vez más derechizados en corrientes como la del Tea Party, habría logrado, a base de demagogia barata, el apoyo masivo de la “América profunda”, rural y atrasada, junto con el de buena parte de las depauperadas “clases medias” de raza blanca, presa fácil todos ellos para entregarse, con fe ciega, a las promesas de mesiánicos salvadores de la patria. De otra, el fiasco del “we can” y de las ilusiones depositadas en Obama, el descarte de Bernie Sanders y su discurso “socializante” por el aparato demócrata en favor de Hilary Clinton (una candidata continuista y a cuyo descrédito personal, al parecer, contribuyó la “injerencia rusa”), determinaron una campaña plana y sin alternativas creíbles del partido demócrata. Ese conjunto de factores internos, y en el marco específicamente electoral, habrían propiciado un resultado -imprevisto por encuestas y “expertos”- que puso al frente del país más poderoso del mundo a un empresario excéntrico e imprevisible, de escasas dotes políticas, al que cuadran todos los descalificativos: el racista, machista, homófobo, supremacista blanco, caprichoso e ignorante, … Donald Trump.

Todo eso puede ser verdad, pero solo una parte de la verdad. El terreno de lo electoral y de la epidermis política, aun siendo significativo, no deja de ocultar o desfigurar el fondo de corrientes más profundas y de los verdaderos intereses en juego. En todo caso, y sin negar cierta autonomía de la esfera política -incluida la personal idiosincrasia de sus aparentes responsables-, la mediocridad y bajeza de los figurantes no debe desviar nuestra mirada del drama real puesto en escena.

Centrando la atención solo en esa primera potencia mundial, detrás de presidentes tan ineptos y farsantes como Nixon, Reagan, Jimmy Carter, los Bush -padre e hijo- , Clinton, e incluso del “populista” e insólito “Premio Nobel de la Paz” Obama, … estaban potentes equipos de “consejeros” (los llamados “think tanks”) y secretarios plenipotenciarios en puestos claves (los Kissinger, Brzezinsky, Rumsfeld, Dick Cheney, Colin Powell, Madeleine Albright, Condoleeza Rice, …), representantes directos de los verdaderos poderes fácticos: los grandes lobbies financieros, las multinacionales americanas, la poderosa maquinaria militar y la industria de guerra …

También ahora sucede lo mismo. En los sucesivos equipos de que se va rodeando Trump, figuran ejecutivos de Goldman Sachs como el Secretario del Tesoro, Mnuchin, miembros del Tea Party como el Secretario de Estado, Mike Pompeo, el estratega ideológico ultraderechista Steve Bannon, … Esta gente sí sabe a dónde quiere ir, qué intereses se esconden detrás de “América, primero” y qué instrumentos pretenden utilizar en la actual situación de crisis mundial, para intentar resolverla en provecho de los poderes que representan.

 

2. Una crisis de dimensiones insospechadas

 Tras el estallido de las burbujas financieras y la crisis abierta a partir de 2008, cuando la mayoría de analistas decían ahora que lo peor ya había pasado y se pronosticaba un nuevo periodo de crecimiento, el propio FMI anuncia que la tendencia general es nuevamente al decrecimiento y recesión de la economía mundial, al tiempo que los “expertos” auguran la insostenibilidad de las actuales prestaciones sociales, salarios y pensiones, así como un masivo desempleo derivado de un salto inminente en la robotización de la industria y los servicios, la extensión de la desregularización de las relaciones laborales (“uberización”), …

Lo cierto es que, más allá de los vaivenes cíclicos, asistimos al hecho de que una crisis se superpone a otra y la profundiza. En ellas se combinan factores que hacen referencia a procesos de superproducción y “avances técnicos”, que avivan la competencia comercial, descenso de la tasa de ganancia del capital industrial que busca su recuperación en la sobreexplotación y retroceso en derechos laborales, predominio del capital financiero y del beneficio especulativo que requiere una mayor concentración y libertad de movimientos fuera de toda regulación estatal e internacional …

Lo que hoy se constata es que incluso las duras medidas “neoliberales”, impulsadas desde la era de Reagan y Thatcher, resultan insuficientes para la voracidad insaciable del capital en la búsqueda de una salida a sus propias crisis, sin pararse en medios. Bajo los dictados de las “reaganomics” y sus diferentes versiones, en todos los países se ha producido una progresiva transferencia de rentas del trabajo a rentas del capital, con la consiguiente concentración de la riqueza y el aumento de las desigualdades sociales; los organismos internacionales, puestos a su servicio, han propiciado la libre circulación de capitales sin regulación, la privatización de los servicios públicos, favoreciendo la especulación y el negocio de los grandes grupos financieros, … De forma paralela y en consonancia con esa deriva, se ha acrecentado la pérdida de soberanía de los estados, sometidos a la tutela e intervención de tales organismos y, a la vez, gendarmes implacables para imponer sus dictados y los intereses del imperialismo contra sus poblaciones respectivas. Pero, no obstante, se ha llegado a una situación de agotamiento de unas medidas que, de una parte, ya no bastan para atajar la crisis del sistema capitalista, en su situación actual de dislocación y crecientes desequilibrios; y de otra, levantan cada vez mayores resistencias para su completa aplicación, repercutiendo en la sucesión de crisis políticas y de legitimidad de los gobiernos comprometidos, por encima de todo, con los planes de ajuste y austeridad. Efectivamente, hemos asistido a una brutal regresión -de manera desigual pero generalizada-, de salarios y pensiones, a una creciente privatización de los bienes y servicios públicos, a medidas de austeridad y recorte del gasto social , …, sostenidas en el tiempo -con gobiernos sumisos de todos los colores-, que han empeorado gravemente las condiciones de vida de millones de personas, e incluso llevado a la destrucción de países enteros mediante guerras locales o zonales, provocando éxodos masivos y “crisis migratorias” …

Pese a todo ello, el capital internacional y los poderes imperialistas, en su huida hacia delante para resolver sus propias crisis, piensan que necesitan ir más allá, incluso si les conduce a profundizarlas. La guerra comercial desatada actualmente apunta a provocar nuevos conflictos bélicos de mayores dimensiones por el control de recursos estratégicos y el dominio de los mercados, que a la vez induce una nueva carrera armamentista, uno de los mayores negocios en sí misma, pero que lleva aparejada la destrucción masiva de fuerzas productivas, de trabajadores y pueblos enteros, en primer lugar. Y esa huida hacia delante en las contrarreformas económicas y sociales implica, también, ahondar en las contrarreformas políticas y antidemocráticas.

En este contexto, algunos analistas aún siguen interpretando el “América primero” de Trump, como una mera oscilación del péndulo, un viraje coyuntural de repliegue nacionalista sobre bases “proteccionistas”, que chocaría con el imparable carácter global de la economía y de las relaciones económicas, políticas, e incluso militares, actualmente vigentes. Pero, lejos de un repliegue sobre sí mismo, significa una ofensiva de mayores dimensiones para recobrar la supremacía económica, política y militar, que se veía progresivamente puesta en cuestión en el panorama internacional por la creciente competencia de intereses entre los países imperialistas y la misma aparición de las llamadas economías emergentes. Estados Unidos, todavía primera potencia y principal sostén del imperialismo mundial, pese a su creciente debilidad y contradicciones, parece dispuesta a utilizar al máximo los instrumentos que aún tiene en sus manos. De una parte, el mantenimiento del dólar como patrón y moneda de referencia e intercambio del comercio mundial (ofensivas contra el euro y otras monedas); de otra, apelar a la ventaja de su fuerza y presencia militar en centenares de bases repartidas por todo el globo, para respaldar su intervención directa allí donde consideren sus intereses en peligro. Las amenazas de Trump no son simple retórica, porque no son retóricos los intereses en conflicto; y siempre “América primero” fue la divisa de la política internacional de Estados Unidos.

En esa misma dirección hay que situar el cuestionamiento y anulación de los tratados sobre los que se han asentado las relaciones internacionales (ONU, OMC, OTAN, UE, FMI, G-7 y G-20, diferentes tratados de “libre comercio” como el TLCAN con México y Canadá, …), incluso si ya eran ventajistas para los intereses americanos. Ahora trata de reformularlos, a poder ser con acuerdos bilaterales (caso del Brexit, entre otros), a fin de recuperar la hegemonía, progresivamente debilitada, imponiendo por la fuerza relaciones de mayor desigualdad y asimetría, a costa de una mayor dislocación del “desorden” mundial.

 

3. ¿Hacia nuevas formas políticas de “fascismo”?

Todas las crisis económicas, de alcance y gravedad inusuales, además de sus brutales repercusiones en el terreno social, han conllevado cambios políticos de envergadura. Las clases enfrentadas se ven abocadas a tratar de resolver los conflictos de intereses modificando las relaciones de fuerzas establecidas y poniendo en el centro el problema del poder efectivo que les permita torcer el pulso a su favor. La radicalización y polarización política van de consuno con la gravedad de la crisis económica y de gobernanza, aunque las más de las veces, como es el caso del “trumpismo”, las medidas propuestas redundan en la agudización de las crisis que pretenden solucionar.

Dada la profundidad de la crisis presente, considerada por muchos como de mayor dimensión que la acontecida en 1929, no es de extrañar que se recurra a experiencias históricas, estableciendo similitudes y diferencias con las grandes crisis del siglo XX, que desembocaron en el auge del fascismo y el nazismo y las dos Guerras Mundiales. El uso y abuso de la palabra “fascismo” ha vuelto a ser moneda de uso cotidiano entre las fuerzas tradicionales de izquierda, para caracterizar el innegable avance de fuerzas políticas de ultraderecha y gobiernos virados -en el lenguaje y en las medidas de contrarreforma que pretenden implantar- hacia formas de gobierno más despóticas y represivas en el ámbito interno, a la vez que ceden sumisamente la soberanía nacional para doblegarse a las exigencias del imperialismo USA (aumento del gasto militar, mayor implicación en las misiones “humanitarias” de la OTAN, trato de privilegio fiscal a los grupos de inversión y grandes multinacionales, …).

Ciertamente, el “América primero” tiene claros antecedentes en el “Alemania por encima de todo” y en las consignas demagógicas hitlerianas, que vuelven a repetirse por doquier “sin complejos”. En un corto espacio de tiempo vemos cómo las recetas y expresiones más reaccionarias del “trumpismo” se extienden por diversos países. Junto a la continuidad de la guerra y destrucción de países enteros en Oriente Medio, se han producido cambios significativos en la gobernanza de muchos países latinoamericanos, hasta hace poco con gobiernos “progresistas”. Es el caso de Argentina, Colombia, Ecuador, Brasil, …, ahora bajo dirigentes de la catadura de los Macri, Iván Duque, Lenin Moreno, Bolsonaro, … convertidos, además, en agentes de los USA para la intervención en otros países, Venezuela en primer término. Pero también florecen los déspotas en países de la “democrática” Unión Europea: Polonia, Hungría, Chequia, Austria, Italia, … con gobiernos encabezados por ultrarreaccionarios como Andrzej Duda y Kaczinsky, Víktor Orbán, Milôs Zeman, Kurz, Salvini, … y avances de formaciones de ultraderecha en Francia, España, e incluso en los antes “modélicos” países nórdicos y escandinavos. Sin dejar fuera de la lista la prolongación de regímenes, ajenos a toda forma democrática, como el de Putin, Xi Jinping, Poroshenko y otros países desgajados de la antigua URSS. Similar deriva se ha producido en los países de las fallidas “primaveras árabes”; mientras se prodigan las intervenciones imperialistas en países africanos, con golpes de Estado, montaje de bandas “guerrilleras”, … desarticulando los estados heredados del colonialismo, para una nueva recolonización más salvaje.

No se trata solo de simples reacciones miméticas ante el poderoso “amigo americano”, sino que estos cambios políticos hacia regímenes más despóticos y antidemocráticos se ven alentados directamente por Trump y su equipo. No es otro el papel encomendado a su munidor ideológico, Steve Bannon, desplazado a Europa para extender sus fórmulas göbbelianas de asalto al poder. Para el desarrollo de sus objetivos busca apoyos, entre otros, en personajes como el ínclito Aznar (el célebre figurante en la foto de la Azores, preparando la invasión de Iraq). Las estrechas relaciones, ideológicas y económicas a través de la fundación FAES, buscan las formas de traducir el “trumpismo” a Europa, de orquestar no solo el acceso al poder de la derecha y ultraderecha españolas, sino trenzar alianzas con otras fuerzas del mismo signo en el ámbito europeo.

Cierto que este breve apunte describe un panorama alarmante para cualquier observador avisado, y sería de necios menospreciar las amenazas en ciernes. Pero las tendencias aún no se han traducido en la implantación de regímenes de claro signo fascista. De los dichos (y de las intenciones) a los hechos hay bastante trecho. En la historia, sin olvidar anteriores experiencias y enseñanzas, y por su propio flujo, no se reproducen situaciones idénticas, calcos fijos del pasado. Hoy no estamos aún sobre la quiebra, primero, de la resistencia de trabajadores y pueblos y su posterior derrota, sobre las que se construyó el ascenso de los fascismos y del nazismo, con la ilegalización y destrucción física de las organizaciones obreras, de sus partidos y sindicatos en primer lugar, pero también de toda expresión independiente del Estado y de su marco netamente totalitario.

No cabe, sin embargo, ignorar las tendencias en presencia. La larga colaboración de las organizaciones tradicionales de la clase obrera con las políticas de ajuste y austeridad de todo el periodo anterior, perdiendo su independencia y credibilidad ante los trabajadores, los sitúan en una posición de creciente debilidad, en tanto que cómplices de graves retrocesos sociales y laborales. Son los propios sindicatos y partidos, que se han venido reclamando de los intereses de los trabajadores y de los sectores populares, los que con sus continuas traiciones están induciendo su destrucción. Este alejamiento recíproco entre los partidos y sindicatos tradicionales, de una parte, y las crecientes masas de trabajadores precarios y depauperados, de otra, junto con la ausencia de salidas de referentes para una solución democrática y social de los problemas, ha permitido que, sobre todo en el terreno electoral, hayan medrado nuevas expresiones “populistas” de carácter fascistoide, haciéndose eco mimético de las formas demagógicas y mantras políticos del “trumpismo”. En particular, despertando patrioterismos ilusos y vacíos, las ideologías y fanatismos religiosos más reaccionarios (en el caso español, retomados del pasado franquista y del nacionalcatolicismo más casposo), para desviar la mirada de las verdadera causas y responsables de las propias crisis. Reproducen la vieja artimaña de dirigirla hacia diversos chivos expiatorios (los inmigrantes, por ejemplo, como antaño fueron los judíos); pero, sobre todo, proponiendo falsas soluciones demagógicas, de clara raíz reaccionaria y mayor destrucción de las conquistas sociales y democráticas, para allanar el terreno en el que el capital pueda imponer sus alternativas más destructivas.

Ante la compleja y grave situación a que trabajadores y pueblos se ven abocados, agitar la bandera “antifascista” con el vano intento de sostener situaciones en descomposición, apelando al viejo (y fracasado) recurso a presuntas alianzas “frentepopulistas”, solo puede servir para desviar la atención de lo que verdaderamente está en juego en el momento presente. No hay burguesías ni derechas supuestamente “democráticas”, dispuestas a enfrentarse a la ola reaccionaria impulsada por los grandes poderes económicos, políticos y militares. Hemos podido constatar cómo en la reciente crisis, que también ha arrastrado a sectores de la pequeña y mediana burguesía, con frecuencia han sido estos los primeros en abrazarse a las medidas de desregulación laboral y sobrexplotación de los más débiles, bajo el lema de ¡sálvese quien pueda!

 No cabe regresar a un capitalismo progresista o menos salvaje y más “humano”, como tampoco a un juego más democrático de las fuerzas políticas en presencia para mantener un status quo, cuando de una parte y de otra se dice que es insostenible. La renuncia a dar la batalla por las reivindicaciones sociales y políticas de la mayoría es lo que alimenta a las fuerzas de la reacción y crea el campo propicio para su éxito y progresión. Tenemos el ejemplo cercano en nuestro propio país.

 

4. Todo depende de la lucha de clases y su dirección

Los trabajadores y los pueblos explotados y oprimidos están obligados a buscar sus propias vías, en defensa de soluciones democráticas a la crisis y amenazas del capital.

En el terreno social y político no interviene un solo agente. Tampoco en el momento presente. Conviven, se enfrentan y luchan clases y sectores sociales con intereses contrapuestos. Señalar los colmillos del enemigo y olvidar las propias armas de defensa, además de una visión unilateral y sesgada, supone la claudicación anticipada y otorgarle gratis todas las ventajas.

Son ciertas las catástrofes presentes antes señaladas y los propósitos reaccionarios de incrementarlas hasta el punto de precipitar a la humanidad en una crisis civilizatoria sin precedentes: lo que se ha definido como regresión a la barbarie. Pero también lo es la resistencia, incluso en las peores condiciones, de esa mayoría de la población que sufre los embates de las crisis generadas por el capital y los desafueros imperialistas. Una resistencia con expresiones muy diversas, que encuentra serios obstáculos por su dispersión y falta de referentes políticos y organizativos basados en la independencia de clase, pero que, de una u otra forma, ponen en cuestión la legitimidad del sistema, económico y político, que los lleva a la ruina material y moral, así como a las mismas instituciones en que se ha venido soportando. 

También es preciso tener en cuenta esa otra mirada a la lucha que se desarrolla a diario por todas partes, incluso cuando los medios controlados por los poderosos tratan de ocultarla o minimizarla. Millones de desplazados por las guerras y la miseria buscan a la desesperada recomponer sus vidas en cualquier lugar del planeta, cruzando mares, vallas y fronteras. Los estallidos y revueltas sociales se suceden cada vez que una última gota desborda el vaso de lo soportable y de la indignación (15M, Occupy Wall Street, primaveras árabes, chalecos amarillos, huelgas masivas en la India, …). Los sectores más precarios, los olvidados por las instituciones y organizaciones políticas y sindicales en las que deberían encontrar amparo, no tienen más remedio que lanzarse a la calle creando nuevas formas de defensa y autoorganización. Recientes y amplios movimientos de las mujeres por la igualdad y contra la violencia sufrida, de jóvenes por un futuro que se les niega, de miles de despedidos y parados sin perspectivas laborales, de trabajadores precarios que no pueden vivir de su trabajo, de pensionistas que ven en peligro su supervivencia, … se suceden y extienden cada día. No es ganas de lucha y decisión lo que se echa en falta.

Sin embargo, en nada ayuda al desarrollo y victoria de esos movimientos frenando su avance con el espantajo de la amenaza “fascista”. No es repitiendo “que viene el lobo” de las ultraderechas (Le Pen, Salvini, Vox, …) y llamando a la resignación del “mal menor” como se puede hacerles frente. Someterse a los dictados de la Troika, a las medidas de austeridad propugnados por el FMI y la UE, aceptando los recortes de los Presupuestos estatales y municipales, manteniendo los procesos de privatización y destrucción de las prestaciones y servicios públicos, admitiendo salarios y pensiones miserables, … a la vez que se ampara y otorga legitimidad a la instituciones antidemocráticas que imponen y avalan tales políticas, es la mejor manera de provocar el desarme político y la desmovilización, para dar alas a la reacción.

Nada hay definitivo y, si bien se han impuestos serios retrocesos a los trabajadores en distintos lugares, aún no han logrado quebrar su resistencia. El pulso se está echando en cada momento y todo depende del desarrollo de la lucha internacional de clases. Ésta no nació ayer, sino que lleva siglos de combates y experiencias, aprendiendo de sus victorias y derrotas. El problema central siempre ha sido y es hoy, si cabe con mayor urgencia, la de la organización y reagrupamiento de las fuerzas que están obligadas a enfrentarse a los planes destructivos de las condiciones de vida y trabajo por parte del capital. Antes como ahora, y recorriendo lo que algunos llamamos el “hilo rojo” de la historia, para hacer frente a la crisis social y de dominación, resulta imprescindible restablecer la lucha por la internacional de los trabajadores, para librarse de la explotación y la opresión.

La tarea del presente, en todas partes, es cómo contribuir y ayudar a los movimientos por sus reivindicaciones y la democracia, a escala nacional e internacional, a favor de la mayoría social, sobre las bases de la defensa incondicional de sus intereses y la organización independiente de sus fuerzas. Siendo ampliamente mayoritarias, se ven una y otra vez desperdiciadas si no encuentran las vías de su unidad y una dirección firme hacia los objetivos que le enfrentan ineludiblemente a los propios del capital, que no son otros que los de su supervivencia y el incremento de sus beneficios a toda costa, sobre la base de la propiedad y control de los medios de producción.

Cuando en estos días se cumplen cien años del asesinato de la insigne revolucionaria Rosa Luxemburgo, no cabe sino reconocer que el lema “socialismo o barbarie” -que ella retomó- sigue teniendo plena vigencia. Es la disyuntiva que está en juego y nada está escrito por ninguna clase de destino, divino o humano. La apuesta contra la barbarie, depende de que la emancipación de los trabajadores y demás sectores oprimidos, “obra de sí mismos”, encuentre los cauces políticos y organizativos que logren inclinar la balanza a su favor. Contribuir a ello es la labor a la que estamos obligados quienes nos reclamamos de un futuro más justo y esperanzador para la humanidad, construyendo el socialismo.

 

Fermín Rodríguez

  • Jan. 19, 2019, 9:18 p.m.

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