Partido Socialista Libre Federación

¡Por una Universidad pública, por una investigación pública!

¡Por una Universidad pública, por una investigación pública!

El Partido Socialista Libre Federación se posiciona en contra del modelo neoliberal de Universidad, que pone la docencia y la investigación públicas al servicio del capital privado.

 En plena crisis sanitaria, económica, y social, provocada por la pandemia de COVID-19, hemos asistido a un espectáculo verdaderamente grotesco en lo referente al desarrollo de la vacuna contra dicha enfermedad. La Universidad de Oxford, una prestigiosísima universidad inglesa de carácter público, es decir, que pertenece al pueblo, desarrollaba una vacuna (que, de momento, parece exitosa) que no va a pertenecer al pueblo, sino que va a ser distribuida por la empresa privada AstraZenca. Los investigadores públicos encuentran la cura, pero es la empresa privada la que hace caja con ella, la que hace caja con nuestra salud.

Sin embargo, el peso del sector privado en el desarrollo de la vacuna de Oxford no es ninguna excepción. En las universidades británicas es la norma, y España está tomando el mismo camino desde hace varias décadas. Nuestro actual ministro de universidades, Manuel Castells, un independiente “afín” a Unidas Podemos es un entusiasta de la llamada “colaboración-público privada” que, en román paladino, consiste en que las empresas privadas se adueñen de los descubrimientos científicos realizados en la universidad pública y que financien determinados proyectos de investigación, a cambio de un peso en la Universidad que cada vez les está dando más poder decisorio sobre en que campos se puede investigar, además de un peso también cada vez mayor de la patronal y de las grandes empresas sobre que se ha de enseñar y como ha de ser enseñado. En definitiva, se trata no solo de una privatización de la universidad pública, sino aún peor, de una colonización de esta por parte del sector privado, es decir, una universidad que, aunque a todos los efectos será privada (porque estará en manos del capital privado), seguirá teniendo infraestructuras y personal de carácter público. Un negocio redondo para algunos, una estafa en toda regla para los contribuyentes.

El capitalismo, por su propia naturaleza, es contrario a los intereses de la mayoría y a los propios derechos humanos, pues la búsqueda del lucro sin límites por parte de los más ricos se lleva por delante todos los derechos, todos los recursos y, en este caso, se lleva la educación, la investigación, y la salud. Sabemos perfectamente que la mayoría de los capitalistas no hacen apuestas a largo plazo, porque no son, como nos quieren hacer creer, estadistas diseñando el futuro, sino empresarios intentando ganar dinero, y, por ello, no planifican en base a una o dos generaciones, sino a su propio enriquecimiento, sin importarles mucho el mundo que dejarán atrás cuando ya no estén. Prueba de ello es la ingente cantidad de dinero que invierten en buscar una cura contra la caída del cabello (algo que podría venderse rápido, fácil, y a millones de clientes), frente a lo poco que parecen preocuparse por otros trastornos infinitamente más serios. Si les dejamos a ellos dirigir la investigación en los centros públicos (la única investigación que aún es libre), si les dejamos contagiar su mentalidad cortoplacista a nuestro sistema de investigación, ¿quién buscará la cura de las llamadas enfermedades raras, o intentará solucionar las epidemias que asolan al tercer mundo? Más aún ¿quién hará la investigación básica de la que luego se nutre toda la investigación aplicada? Pero el cortoplacismo de los “grandes gestores” del capitalismo no se queda ahí. Además de empobrecer la investigación científica para hacer el gran negocio (al venderle al pueblo el producto de la investigación realizada por las instituciones del propio pueblo) es rehén de su propia codicia, pues retrasa los avances médicos que un día ellos mismos pueden necesitar. Por otro lado, por mucho que estén interesados en invertir en aquellos avances científico-técnicos que mejoran los procesos de producción, su escaso interés por la ciencia básica (porque no da beneficios rápido y, a veces, no los da nunca) retrasa, precisamente, el avance en la investigación aplicada.

Decía Marx que el capitalismo era víctima de su propia anarquía, y en esta cuestión es más que evidente. Otra prueba de lo mismo se puede ver cuando dejamos a las empresas tomar parte en la elaboración de los planes de estudios. Rápidamente los destrozan, los vacían de contenidos, y los dejan en un estado absolutamente raquítico en cuanto a conocimientos, eso sí, rodeado de un montón de destrezas anecdóticas que hacen de relleno.

El capitalista piensa que, en la sociedad post-industrial, el ingeniero, el químico o el médico, no necesitan tener un conocimiento tan profundo de las cosas. El problema ocurre cuando aparece algo distinto, algo nuevo, algo a lo que no se puede responder mediante la simple aplicación de un protocolo automatizado, sino que requiere una reflexión profunda para poder enfrentarse al problema. Y es que ese cortoplacismo del que hablamos es una prueba más de la enorme ineficiencia a nivel social, pero también a nivel económico, que supone arrebatar el poder a las sociedades para entregarselo a los mercados.

  • Sept. 22, 2020, 2:02 p.m.

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